Del Bullying a la Convivencia Escolar
El presente trabajo retoma algunas ideas de una conversación mantenida con la docente y promotora de la humanización mexicana Edith Sotomayor. El podcast completo puede escucharse en: https://youtu.be/RSzePtJXjow?si=gzx5kew7Q3EJStSs.
El origen de la palabra bullying es incierto. Se relaciona con las expresiones inglesas bull (toro), por lo que bullying implicaría “torear”, o to bully (intimidad, acosar). Al parecer, comenzó a utilizarse en Gran Bretaña para referirse a las agresiones mutuas entre miembros de las fuerzas armadas y de seguridad. A fines del siglo XX el psicólogo sueco-noruego Dan Olweus apropió la palabra para redefinirla como un tipo específico de maltrato dentro de las instituciones educativas, prefiriendo utilizar el concepto escandinavo mobbing para el acoso laboral.
Olweus sostiene que el bullying se define por tres características: 1) tiene que haber una intencionalidad clara del agresor; 2) que haya continuidad más allá de una agresión puntual; y 3) que exista desequilibrio de fuerzas claro en ese momento. Esto lo diferencia de otras formas de maltrato como las peleas de bandas (que el equilibrio de fuerzas es similar) o los hurtos dentro de la escuela (en donde no hay intencionalidad a alguien en específico).
Los aportes de este profesional son enormes, pero es cuestionable que utilice conceptos de la Criminología y del Derecho Penal para referirse a una situación educativa. Hoy en lugar de hablar de la triada “Agresor/Víctima/Testigos” como propone, es correcto referirnos a “niño/a que agrede”, “niño/a que es agredido/a” y “quienes observan sin intervenir”, para evitar caer en discursos estigmatizadores y criminalizadores de las infancias. Las leyes de penalización del bullying resultaron contraproducentes en los países en donde se aplicaron.
Al mismo tiempo que un problema educativo, también debe abordarse como una cuestión de salud pública. Quién recibe la agresión puede sufrir baja autoestima, lesiones físicas, pérdida de lazo social, consumo excesivo de dispositivos electrónicos para ver si lo mencionan (en el caso del cyberbullying), bajo rendimiento escolar, dificultades para dormir, trastornos digestivos y gastrointestinales, ideación suicida e intentos de suicidio. Quien la ejerce también puede estar padeciendo una situación de vulnerabilidad, ya sea por vivir en un entorno socio-económico carenciado y en donde se ejerce la violencia de manera sistemática, o por sufrir carencias afectivas y negligencias en el hogar. Quienes observan pueden presentar síntomas similares al agredido por empatía o vergüenza, o reproducir las prácticas por “identificación con el agresor”.
Pero este abordaje desde la salud pública no debe caer en el diagnóstico y patologización de los actores participantes, poniendo rótulos como: “Trastornos Antisocial” a quién agrede o “Personas con baja autoestima” al agredido . La acción debe orientarse a ofrecer herramientas para la construcción de la salud colectiva dentro de la institución que se ve afectada en su conjunto, y en identificar a los miembros que requieren de una atención individual y personalizada para aliviar su sufrimiento.
Un abordaje ético e integral supone desplazar al significante Bullying como el dominante y dar lugar a otros como Convivencia, Participación y Resolución de Conflictos. También superar las respuestas simplistas (“es culpa de los videojuegos”, “es porque los padres están separados”) y situarnos en el contexto en que ocurren los hechos para implicar a todos los actores (estudiantes, docentes, directivos, familiares, profesionales de la salud, funcionarios de educación) en la construcción de una salida colectiva. Escuchar empáticamente y sin interrogar al estudiante que viene a plantear su malestar y derivarlo de manera oportuna cuando lo requiera. Las cartillas o guías para trabajar con familias y docentes, así como los talleres de resolución de conflictos y cine-debate han resultado útiles en los lugares donde se implementaron. Si es necesario aplicar sanciones, las mismas deben ser siempre dentro del contexto educativo, no deben impedir la continuidad de la escolarización, y se debe condenar el hecho sin etiquetar al estudiante de “violento” o “antisocial”.
Sabemos que es complejo trabajar en la escuela una cuestión que trasciende las aulas. Mientras vivamos en una sociedad que fomente la competencia y el lucro individual a cualquier costo, las desigualdades seguirán generando violencias que la escuela sólo será receptora y no el lugar en donde se originan. Las recientes amenazas de tiroteo en escuelas de Argentina y otros países latinoamericanos son una muestra de esta degradación de los lazos sociales.
Desde nuestro lugar como profesionales de la educación y de la salud podemos contribuir fomentando prácticas comunitarias y de convivencia, condenando los intentos de criminalización y patologización de las infancias, y dando lugar para que todas las voces expresen su malestar antes de que estalle como síntoma social. Como dijo Paulo Freire: “la educación no cambia el mundo: cambia a las personas que pueden cambiar el mundo”.
Más información:
https://elrefugiadodelaspalabras.blogspot.com/2026/04/bullying-maltrato-escolar-mas-alla-de.html.
Este artículo fue publicado en la revista cultural Cocoliche, N° 192, julio 2026. Se puede leer online en: https://online.fliphtml5.com/zywzr/Julio-192/#p=12.
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