El Hada que amaba las rosas
Un cuento para pensar la inclusión y la diversidad.
Para cumplir con su sueño, el hada Rayen preparó su jardín. Removió y abonó la tierra, seleccionó las mejores semillas y hasta usó su magia para desviar un pequeño arroyo a fin de contar con un sistema de riego. Cuando cada semilla estuvo en su lugar, utilizó un hechizo de crecimiento para acelerar el proceso.
A los pocos días se vieron los primeros brotes. A la semana los tallos crecían hacia el sol. Más tarde empezaron a surgir los pimpollos.
Pero Rayen se decepcionó al comprobar que no todas las flores crecían igual como sucedía en el jardín de Küyen. Mientras algunas lo hacían rápido y con tallos firmes, otras eran de tallos pequeños y débiles.
Para acelerar el crecimiento de las más pequeñas, el hada utilizó un hechizo. En cuestión de segundos las flores se estiraron y alargaron, pero sus tallos pequeños no soportaron el peso y se quebraron.
Pensó que antes debía desarrollar sus raíces, por lo que hechizó esa parte de la planta. Las raíces se extendieron absorviendo tanta agua y nutrientes de la tierra que hincharon la flor hasta hacerla reventar.
Usó un hechizo para que se abrieran los pimpollos cerrados, pero al no estar desarrollados se secaron y murieron.
Sin saber que hacer, decidió hablar con la Vieja Tortuga, a la que los seres del bosque le atribuían una gran sabiduría porque era capaz de pensar lentamente y sin apresurar las respuestas. Siempre tenía buenas enseñanzas y sabía aliviar los pesares con palabras comprensivas. También solía quedarse en silencio cuando era necesario.
El hada Rayen se acercó a la casa de la tortuga, una cueva debajo de la Gran Araucaria. Ésta le recibió con afecto y la invitó a caminar por el bosque.
- Anciana maestra, he tratado de hacer crecer mis rosas utilizando magia de alto poder -comenzó diciendo el hada-, pero los resultados fueron desastrosos. Soy muy buena hechicera, pero con la jardinería no da resultado.
- Tus rosas son seres vivos – le respondió la sabia tortuga tras una breve pausa -. La vida crece a su ritmo, ningún ser lo hace igual, ni siquiera en la misma especie. Al forzar a las más pequeñas a crecer a la misma velocidad que las otras, no estás permitiendo que sigan su proceso. Las obligas a ser quienes no son. Todo lo que vive tiene su propio tiempo, todo late a su ritmo.
- Pero mi vecina, el hada Küyen, tiene un jardín perfecto de rosas iguales.
- La perfección no está en que todo se vea igual, sino en que valoremos la riqueza de lo diferente. Mira este bosque: ningún árbol es igual al otro, ¿negarías su belleza por ese motivo?
Rayen se iluminó con estas palabras de la Vieja Tortuga. A partir de ese momento ya no usó su magia para forzar el crecimiento de las rosas, sino para poder escuchar las necesidades de cada una. Se conectó con cada rosa y supo cuál necesitaba más agua o más luz. La flor le decía cuando la tierra era muy ácida y requería de nutrientes.
Usó su magia para proteger a las flores más jovenes de las inclemencias del clima, pero a las maduras y de tallo firme les enseñó a sobrellevar la tormenta.
Con el tiempo su jardín se llenó de diversidad de rosas.
Rosas de tallo firme que crecían a gran velocidad.
Rosas de raíces profundas que se afianzaban a la tierra antes de comenzar a florecer.
Rosas altas y bajas.
Rosas solitarias y que crecían en equipo.
Rosas que se abrían primorosas al sol y otras más tímidas que lo hacían despacio para cerrarse ante el mínimo estímulo.
Rosas rojas, blancas, amarillas y negras.
Todas hermosas en su diversidad. Todas florecieron a su tiempo y a su manera.
Rayen ya no mira el jardín de flores rojas e iguales de su vecina. Ella está feliz con su jardín imperfecto y hermoso en su diversidad, con cada rosa creciendo a su manera única y singular.
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 12 de abril de 2025.
Publicado en la antología número 121 de El Narratorio, marzo de 2026.

Comentarios
Publicar un comentario