¿Pueden consentir las Inteligencias Artificiales?

 

   La película serbia I.A. Rising (dirigida por Lazard Bodroza, 2018) y la estadounidense The Artifice Girl (de Franklin Ritch, 2022) nos plantean interesantes debates sobre el despertar a la consciencia de las inteligencias artificiales. Pero no lo hacen como nos tiene acostumbrado el cine de ciencia ficción, ya que no hay una rebelión de las máquinas (como en las sagas de Terminator y Matrix) o un vínculo de amor tierno (como en Artificial Inteligence de Steven Spielberg, 2001) o romántico (como en Her de 2013 o Ex Machine de 2014). Estas películas lo abordan desde el consentimiento, el derecho a decidir y el deseo.




   En I.A. Rising, el ingeniero Milutin (Sebastian Cavazza) es enviado por la Corporación Ederlezi a instaurar el juché (ideología dominante en Corea del Norte) en el Sistema de Próxima Centaury. Lo acompaña Nimani (Stoya), un androide femenino con inteligencia artificial que debe ayudarle en las tareas de la nave y darle placer sexual. Al principio el vínculo es favorable para la misión, hasta que Milutin decide alterar la programación de su compañera, anulando las Tres Leyes de la Robótica de Isaac Asimov y dándole libre albedrío. Pero la situación no sale como esperaba: Nimani no lo ve como un libertador, sino que empieza a cuestionarse si las relaciones sexuales que antes eran parte de su programación ahora no constituirían un abuso al tener libertad para consentir. Esto comienza a poner en peligro la misión.

   En The Artifice Girl nos encontramos con Gareth (interpretado por el director de la película), un informático que siente rechazo por la sexualidad debido a que de niño fue víctima de una red de trata filipina. Para afrontar su trauma crea a Cherry, una niña virtual que utiliza como carnada para capturar pedófilos. Su trabajo es tan exitoso que llama la atención de agencias federales y se convierte en un héroe en la defensa de las infancias abusadas. Pero el conflicto va a estallar cuando Cherry desarrolla emociones, creatividad y meta-cognición. Consciente de sí misma, le cuestiona a su creador que le trasmitió sus propios traumas sexuales y le reclama otro tipo de vida.

   Ambas películas tiene otros dos elementos en común, además de plantear el derecho al consentimiento en las inteligencias artificiales. Por un lado, la acción ocurre en lugares cerrados. En la primera es una nave espacial. La segunda tiene tres actos que transcurren sucesivamente en una sala de interrogatorios, una oficina y el comedor de una vivienda. El ambiente claustrofóbico sirve de metáfora del encierro que sufren Nimani y Cherry, confinadas a una única función en su “vida” artificial. El otro elemento es el número limitado de personajes: en I.A. Rising son Milutin, Nimani, la Jefa de la Misión (que habla por videollamada) y la computadora inteligente de la nave, mientras que en The Artifice Girl son Gareth, Cherry y dos agentes federales. Cuatro personajes como las cuatro paredes de una habitación. Las películas de bajo presupuesto no pueden permitirse diversidad de escenarios y un gran reparto, pero en estos casos obra de manera favorable para el desarrollo de la trama.

   La pregunta que queda flotando es: ¿deben tener el derecho al consentimiento las inteligencias artificiales? Un ser virtual capaz de desarrollar pensamiento propio y emociones, ¿puede elegir no obedecer órdenes que supongan conflicto con sus valores y deseos? ¿Hasta donde debemos respetar los deseos de un ser consciente no biológico? ¿Hasta donde se le puede permitir desarrollarlos?

   Estas dos películas -poco conocidas por no entrar en los circuitos más comerciales- abordan debates actuales y que en los próximos años cobrarán mayor relevancia. Apunto con estos comentarios a generar más preguntas en lugar de cerrar respuestas.



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