Eros Encadenado (cuento)


 

   Carla y Damián paseaban por el puerto. Era una hermosa tarde de otoño, en donde los calores intensos del verano comienzan a quedar atrás y la vegetación se viste con los colores de la nueva temporada. Llevaban tan solo unos meses de relación, pero su vínculo era muy intenso, ya que ambos habían encontrado en el otro una persona compatible con sus sueños y proyectos.

   Cuando cruzaron el puente que conectaba hacia la ribera opuesta del río, Carla se sorprendió al observar cientos de candados de diferentes formas, tamaños y colores colgados en las rejillas de los bordes.

- ¿Sabés qué significado tiene este ritual? - preguntó a Damián.

- A esto veníamos -respondió él-. Es una especie de atadura. Las parejas que colocan estos candados quieren significar que estarán unidas para siempre... o por lo menos, mientras dure el candado.

   A continuación, sacó de uno de sus bolsillos un candado de gran tamaño con forma de corazón, de un color verde esmeralda y con sus nombres grabados en rojo.

- Vamos a colocarlo juntos -le dijo a Carla -, para simbolizar la firmeza de nuestro amor.

   Carla se emocionó por el gesto y colocó el candado en la rejilla mientras Damián lo cerraba. Cumplido el ritual, se retiraron del puerto tomados de la mano cuando la tarde se estaba despidiendo con sus colores habituales.

   En los meses siguientes su relación se fue consolidando. Ambos finalizaron sus estudios universitarios con pocos meses de diferencia y las ofertas laborales llovieron. Cuando pudieron ahorrar un dinero comenzaron el negocio del que habían hablado tantas veces, que creció con lentitud pero de manera sostenida. En un primer momento alquilaron un departamento, pero cuando el negocio prosperó realizaron el pago inicial de una vivienda propia, a la que se mudaron en poco tiempo.

   Carla y Damián eran felices juntos. Como su situación era favorable pudieron compartir viajes y experiencias. Más tarde llegaron los hijos, surgidos de ese amor tan intenso que sentían. Ni siquiera el trabajo o la crianza afectaron su relación. Siempre encontraban tiempo para tener “un momento de pareja”. Se daban pequeñas muestras de afecto diario: Damián la sorprendía preparando su plato favorito y le dejaba pequeñas notas de amor en su cartera, mientras que Carla le dedicaba una canción cada vez que podía.

   Por eso fue extraño cuando, de golpe y sin previo aviso, ambos sintieron al mismo tiempo que su relación se apagaba. Al principio ninguno dijo nada. Siguieron con los pequeños regalos de amor diario, pero ya no surtían el mismo efecto. Para quién los daba era una acción rutinaria más, para quién los recibía se sentía forzado. Ninguno supo el motivo. Trataron infructuosamente de recuperar la chispa del comienzo recurriendo a consejos dados por otras parejas o leídos en revistas de superación.

   Así llegó el fatídico día. Como si fuera una mala película romántica, llovía torrencialmente cuando Carla pronunció las palabras que no necesitan más explicación: “Tenemos que hablar”.



   Una semana antes de que ocurriera este desenlace, una cuadrilla de obreros municipales se encontraba realizando obras de mantenimiento en el puente.

¿Por qué tenemos que quitar estos candados?- preguntó uno de ellos.

   El Jefe de la cuadrilla respondió:

- El intendente ordenó quitarlos antes de que su peso termine venciendo la rejilla. Además la mayoría están oxidados y causan contaminación en el río.

- ¿Y qué pasará con las parejas que los colocaron? - volvió a preguntar el primer obrero.

- Los candados son demasiado antiguos, estas parejas deben haber terminado hace años – respondió entre risas su superior.

   La amoladora cortaba los candados con mucha facilidad, ayudada por la oxidación que la humedad y el tiempo habían provocado a lo largo de las décadas. Pero hubo un candado, más reciente que la mayoría de los que poblaban las rejillas de aquél puente, que le llevó a los operarios más tiempo y esfuerzo poder quitar. Era una pieza de gran tamaño, en forma de corazón, de un verde alguna vez esperanzador y hoy ya apagado, que tenía escrito dos nombres ya imposibles de distinguir.


Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 02 de febrero de 2026.



Publicado en El Narratorio Digital, N° 122, abril de 2026.

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